image012.jpg

losino@soscaballolosino.com

                                                 www.razasautoctonas.es                     image004.jpg

 

 

- INICIO

- VACUNO

- EQUINO – CABALLOS - ASNOS

- OVINO

- CAPRINO

- PORCINO

- AVES - GALLINAS - PAVOS

 

 

 

- INICIO VACUNO

- TRONCO ROJO ATLÁNTICO

- TRONCO IBÉRICO

- TRONCO GRIS PODÓLICO

- GANADO DE LIDIA

- INFLUENCIAS AFRICANAS

- OTRAS RAZAS

- EL YUGO

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

image014.jpg

Doré.

 

 

El ganado de lidia.

 

En gran parte de los municipios de la península ibérica perdura o ha perdurado hasta hace poco la costumbre de conmemorar con festejos taurinos sus días grandes.

 

Muchos autores suponen orígenes remotos, e incluso mitológicos, a esta tradición pero es probable que sean algo más prosaicos.

 

Posiblemente mantenga alguna atávica relación con el circo romano, quien a su vez podría haber sido influido por tradiciones taurinas muy remotas, como la cretense. Con lo que no podemos estar de acuerdo es con el pretendido origen musulmán de esta tradición ibérica. Si los hispano-musulmanes realizaban festejos taurinos no sería por ser musulmanes sino por ser hispanos.

 

Lo que es evidente es que esta tradición no hubiera surgido de no haber contado con la presencia de toros bravos. Los romanos utilizaban fieras de todo tipo para celebrar sus circos, incluido el uro o toro salvaje, muy común por entonces en toda Europa pero, una vez extinguido y ante la dificultad de importar fieras africanas, habría desaparecido la costumbre, como ocurrió en el resto del mundo romanizado.

 

Mosaico-toro.jpg

Combate entre un uro y un oso en el circo romano.

 

Permanencia del toro bravo en la península ibérica.

 

Las circunstancias históricas propiciaron que, hasta el siglo XIX, se mantuvieran en España grandes extensiones de tierras baldías en manos de la realeza, la aristocracia, la Iglesia y los municipios. Gaspar Melchor de Jovellanos (Informe de la Sociedad Económica de Madrid al Real y Supremo Consejo de Castilla, 1820) decía sobre ellos: “Su origen viene, no menos, que del tiempo de los wisigodos, los cuales ocupando, y repartiendo entre sí dos tercios de las tierras conquistadas, y dejando uno solo a los vencidos, hubieron de abandonar y dejar sin dueño todas aquellas a que no alcanzaba la población, extraordinariamente menguada por la guerra. A estas tierras se dio el nombre de campos vacantes, y estos son por mayor parte nuestros baldíos.” “No sabiendo estos bárbaros más que lidiar y dormir, y siendo incapaces de abrazar el trabajo, y la diligencia que exigía la agricultura, prefirieron la ganadería a las cosechas, y el pasto al cultivo. Fue pues consiguiente, que se respetasen los campos vacantes, como reservados al pasto común y aumento del ganado”

 

La invasión musulmana incidió en esta tendencia ya que, en la extensa zona fronteriza, la práctica de la agricultura resultaba demasiado expuesta a las racias del enemigo por lo que su aprovechamiento era exclusivamente mediante la caza y el pastoreo.

 

A partir del siglo XII surgen órdenes militares como la de Santiago, Temple, Avis, Montesa, Calatrava o Alcántara, a las que se las encomendará la conquista de amplios territorios en el Alentejo, Extremadura, La Mancha, Campo de Calatrava y Maestrazgo, que pasaron a ser regentadas por ellas a través de “encomiendas”. Estos territorios, que se mantuvieron en gran parte incultos, permanecieron en sus manos hasta las desamortizaciones del siglo XIX.

 

Otras grandes porciones de territorio quedaron en manos de las órdenes religiosas o en poder de la aristocrácia.

 

A este problema del desequilibrio en el reparto de las tierras se le sumaba la endémica baja densidad demográfica producida por las contínuas guerras de reconquista, guerras entre los reinos peninsulares, de Italia, de Flandes, de Francia, etc, o la sangría poblacional que supuso la conquista y colonización del continente americano.

 

Grandes extensiones de la zona costera de levante y del sur también permanecieron baldías debido a la acción predatoria ejercida por los piratas berberiscos hasta comienzos del siglo XIX.

 

Este cúmulo de factores permitió que muchas de las zonas que hoy vemos ocupadas por cultivos permanecieran, hasta el siglo XIX, cubiertas de vegetación espontánea y aprovechadas con ganado que, en el caso del vacuno, se mantenía en el mismo estado cerril de sus ancestros salvajes.

 

La raza de estos vacunos variaba de unas zonas a otras pero tenían en común el tipo ambiental y el carácter bronco ya que éstos estaban definidos por las condiciones naturales en que se desarrollaban.

 

Prácticamente la única intervención humana consistía en su captura con destino a su sacrificio y aprovechamiento cárnico.

 

El consumo de carne de vacuno en España ha sido, hasta épocas recientes, muy escaso y se limitaba (exceptuando a las clases más pudientes) a las fiestas patronales y otros días muy señalados.

 

Era costumbre que los carniceros se aprovisionaran de canales de vacuno días antes de dichas fiestas. Para ello, una vez ajustado el precio con el o los propietarios, encargaban a los vaqueros que hicieran la saca, es decir; que sacaran los toros del monte o dehesa y los encerraran en la plaza del pueblo donde, con ayuda de perros alanos, que los inmovilizaban sujetándolos de las orejas y hocico, procedían a desjarretarlos (cortarles el jarrete o tendón de Aquiles), apuntillarlos y desollarlos antes de llevarlos a los tajos donde se destazaban y procedía a su venta al detalle.

 

Estas labores llegaron a constituirse en elementos fundamentales de los festejos y los vecinos, especialmente los más jóvenes, participaban en la saca y encierro de las reses, sirviéndoles de jolgorio y dándoles la ocasión de lucir su destreza y valor. Con el tiempo ese sentido lúdico se fue acrecentando hasta convertirse en un espectáculo popular y eclipsar el verdadero sentido de dichas labores. Los matarifes o jiferos asumieron su parte en el espectáculo y, antes de sacrificar a la res, procuraban hacerla alguna suerte que sirviera de regocijo al público congregado. Algunos llegaron a destacar sobremanera, hasta el punto de disputarse sus servicios entre los municipios principales, originándose así el oficio de matador o torero.

 

image015.jpg

 

Incluso algunas puntuales contrariedades llegaron a convertirse en diversión, como la fuga de algún toro por las calles del pueblo o por la vega, que en algunas localidades ha llegado a instituirse como tradición festiva.

 

Dada la pujanza que adquirieron estos festejos taurinos se procuró elegir los toros de entre las vacadas que más se destacaban por su bravura y que más juego daban en la lidia, y algunos propietarios empezaron a especializarse en esta vertiente ganadera. Sin embargo, la mayor parte de las ganaderías bravas surgen como consecuencia de las desamortizaciones de los siglos XVIII y XIX. Una gran porción de los terrenos enajenados fueron desmontados, roturados y dedicados al cultivo, por lo que muchas de esas vacadas fueron eliminadas. Al existir una gran demanda de toros para la celebración de los festejos taurinos y decrecer su disponibilidad no faltaron algunos propietarios que, bien porque sus fincas eran de peor calidad o bien por afición, se especializaron en la cría de ganado bravo.

 

Hasta entonces estos ganados se correspondían con el tronco genético propio de cada zona (rojo, negro o castaño) pero a partir de ese momento se empezaron a mezclar castas de los diversos orígenes geográficos en busca de la bravura deseada. Así la casta Navarra, que originalmente estaba compuesta por ejemplares pertenecientes al tronco castaño, propio del valle del Ebro, con influencias del Betizu pirenaico que se llegaba hasta allí para invernar, fueron llevados al Puerto de Santa María, donde se mezcló con ganado gaditano para fundar la casta de “los Gallardos” o a Salamanca, donde se fundió con la ganadería de Bernabé Covaleda. Al tiempo que ganados de otras procedencias fueron llevados a Navarra y mezclados con los nativos hasta provocar la práctica desaparición de aquella casta autóctona. Otro tanto ocurrió con la casta “Jijona”, también de capa castaña y colorada, que antaño se encontraba entre las faldas del Guadarrama y el Valle de Alcudia. Toros de Salamanca fueron llevados a Arcos de la Frontera para formar la casta de “Espinosa” (Zapata) mientras que los de Salamanca fueron cruzados con los de estirpe “vazqueña” oriundos de Utrera. También de Utrera eran los “Vistahermosa”, cuya sangre está hoy presente en muchas de las más renombradas ganaderías. Este trasiego genético es el causante de que el ganado bravo presente tal diversidad de capas y formatos.

 

                        image016.jpg

Jocinero (Miura) 1862

 

 

Volver arriba.                                                                                                             Influencias africanas