
La caza
de la codorniz (Fragmento) (Goya)
Cabeza de
caballo blanco (Velázquez)
Duque de
Alcudia (Goya)
Conde
Duque de Olivares (Velázquez)
Caballo
alemán. |
Permanencia de la raza pura en el
siglo XIX. Exponemos a
continuación algunos testimonios coetáneos sobre el estado de conservación
del caballo español durante el siglo XIX. Para Laiglesia
permanecía pura gracias a que aquí, al contrario que en otros países
europeos, no se había intentado modificarlo mediante “combinaciones
especulativas”: “Paremos en tanto la consideración en que si
nuestras razas han permanecido puras durante tantos años, bien que mezcladas
unas con otras y dando siempre hermosos productos, ha sido por no haber
tenido que sufrir las combinaciones especulativas de los hombres, que bajo
falsos y equivocados puntos de vista sobre la perfección, o por ayuntamientos
mal entendidos, han tratado de desnaturalizar entre nosotros los tipos
primitivos, en vez de alejar simplemente en las familias los individuos de
ambos sexos que pudieran deshonrarlas”. (Laiglesia y Darrac, Francisco.
1851. Memoria sobre la cría caballar de
España) Sotomayor consideraba
que, los de los buenos ganaderos (que también eran los que estaban un poco
mejor atendidos) no diferían en nada de los del siglo XVII: “Los caballos españoles/…/ son en las
familias e individuos privilegiados, que nacen y se educan en las dehesas de
buenos criadores, en un todo iguales al que pintó Velázquez: sus bellas
formas, su donaire, su fuego, su valor y su fuerza no han cambiado. Para
convencernos, basta colocar la pintura junto al original.” (Álvarez
Sotomayor, Agustín. 1851. Memoria sobre
la cría caballar)
Caballo blanco. Velázquez. 1635 El garrochista. Goya. 1792 “Es, pues, evidente a mis ojos, que nuestros caballos de
raza no han degenerado” (Álvarez Sotomayor, Agustín. 1851. Memoria
sobre la cría caballar) Julián Soto, Mariscal
de la Real yeguada de Aranjuez, opinaba que el caballo español mantenía las
mismas características y bellas cualidades de las castas antiguas y lo
achacaba a la acción de la naturaleza y a la situación de abandono al que se
le tenía sometido: “El caballo español
de hoy, representado verdaderamente por el del centro y mediodía de España,
puede muy bien considerarse como una raza pura, hija del suelo que la vio
nacer, pues en él se ve aparecer (sin embargo de nuestro poco celo y casi
abandono y de haberlos sometido casi exclusivamente a la acción de clima) los
rasgos característicos y bellas cualidades, de que nuestras antiguas castas
estaban adornadas”. (Soto, Julián. 1862. Cría caballar) Y además opinaba que
sería difícil modificar esas características por su antigüedad y pureza y por
ser fruto de la naturaleza: “Téngase,
sin embargo, presente que es sumamente difícil el poder modificar la raza
andaluza por sí sola, como sucede a todas las que poseemos cuando a su grande
antigüedad reproductora, sin mezcla de sangre extraña, se une la acción
prolongada sobre ellas de los agentes exteriores locales que han tenido, si
se quiere más parte en su formación que la acción del hombre”. (Soto,
Julián. 1862. Cría caballar) Cubillo, a pesar de ser
uno de los más decididos defensores del mestizaje, reconocía: “Muchas razones podríamos alegar a favor
de las castas andaluzas, que aún se conservan puras, y de las cuales
podríamos extraer abundantes sementales para mejorar las que se mantienen
bastardeadas sin recurrir a las razas extranjeras, que como caballo de silla
y de guerra para nada necesitamos.” (Cubillo y Zarzuelo, Pedro. 1862. Tratado de hipología) Refiriéndose a la
mejora del caballo español por selección en pureza, Simón Sánchez decía en
1880: “Por si hubiera quien lo dudase,
y para demostrar que puede hacerse, que esto es factible, evocaremos como
recuerdo la ganadería célebre de la Cartuja, que fundada y sostenida a
orillas del Guadalete por los que hacían vida monástica en el convento de
aquel nombre, duró más de un siglo, conservando y adquiriendo cada vez más
fama sus caballos. Otro tanto sucedió con las ganaderías de la duquesa de
Benavente, del infante D. Carlos, Real yeguada de Aranjuez, lo mismo antes
que después de la cruza, de la reina Cristina, en Castillejo, duques del
Infantado, Osuna, vizconde de la Torre en Extremadura, los Zapatas,
Corbachos, Recoveros, Solís, Guerreros, Romero (D. Vicente), Rios, Urbaneja,
Nuñez de Pradro, Lozano de Paterna, Caleros, Linares, Concha y Sierra, Miura,
Romeros de Montellano, Barbero de Córdoba, Cívicos de Palma, Veragua, Gandul,
M. de la Conquista, Valmediano, Escobar, Melgarejo, conde de la Patilla y otros
muchos que no podemos enumerar”. (Sánchez González, Simón. 1880. Estado actual de la cría caballar en
España) En cuanto al comentario sobre la calidad de los caballos
españoles de la Real yeguada de Aranjuez. Hay que recordar que, dentro de
esta ganadería había tres secciones (en 1849), una sección dedicada
exclusivamente a esta raza, con 127 ejemplares, otra dedicada al inglés y
anglo-hispano, con 41 cabezas y una tercera destinada a la producción de
animales de tiro, con 127 ejemplares. En 1881, Florencio
Paniagua opinaba que, aunque disminuido, el caballo español ni había
desaparecido ni lo podría hacer, por ser hijo de la propia naturaleza: “Este estudio nos convencería, además, que
nuestra raza de caballos no ha desaparecido, porque no puede desaparecer;
porque es imperecedera, como lo es todo cuanto debe su origen a elementos
propios, climatéricos, de localidad; lo que desgraciadamente puede decirse es
que ha disminuido”. (Paniagua, Florencio. 1881. El fomento de la cría caballar) A finales del siglo
XIX, Eusebio Molina aún consideraba que era factible la recuperación de la
raza con la participación de los “soberbios ejemplares” que aún permanecían
en algunas de las mejores ganaderías españolas: “A pesar del estado de pobreza y de variación desordenada en se halla
nuestra población hípica todavía tenemos base para mejorar y fomentar esta
industria nacional, especialmente en lo que afecta al caballo de silla.
Empezando por la Real yeguada de Aranjuez, en marcada decadencia desde que
dejaron la dirección facultativa los célebres e instruidos Veterinarios Soto,
Cubillo, Grande y otros; continuando por las ganaderías de la aristocracia y
terminando por las de particulares, aun existen soberbios ejemplares de pura
raza española y buenos mestizos para lograr que nuestra ganadería adquiera el
esplendor que dicen tuvo en ya lejanos siglos; que no es de ayer nuestra
pobreza y desmejora hípica”. (Molina Serrano, Eusebio. 1899. Cría caballar y remonta) Influencia de los depósitos de sementales del Estado hasta
mediado el siglo XIX. Tanto Felipe II en
1562, Carlos III en 1669, como Carlos IV en 1798 dispusieron que cada pueblo
adquiriese, con recursos de sus propios, un semental, de casta y escogido,
por cada 25 yeguas para dar servicio a los criadores menesterosos de su
municipio. Estos caballos se solían adquirir de entre los de las ganaderías
del entorno o se extraían de los regimientos de caballería. La carencia de
recursos hacía que esos caballos no alcanzasen la calidad deseada pero, al
menos eran caballos españoles. A causa de la 1ª Guerra
Carlista (1833-40) se suprimieron las paradas públicas mediante la Real orden
de 12 de julio de 1835. Por orden de la
Regencia de 28 de marzo de 1841 se establecieron ocho paradas públicas
repartidas entre las ciudades de Córdoba, Sevilla, Jerez de la Frontera,
Granada, Jaén, Badajoz, Toledo y León, con un total de 38 sementales que
fueron extraídos de los regimientos de caballería. Por Real decreto de 25
de marzo de 1847 se dispuso que las paradas públicas aumentaran hasta el
número de 19 dividiéndolas en dos sectores; el sur que comprendía Cádiz,
Sevilla, Córdoba, Jaén, Málaga, Valencia, Badajoz, Murcia, Toledo y Madrid, y
la del norte, que estaba compuesta por León, Oviedo, Santander, Vizcaya,
Navarra, Zaragoza, Barcelona, Orense y La Coruña. Cada depósito contaba con
un mínimo de 5 caballos de los que uno tenía que ser español de buena casta y
los demás, árabes en los del sur y anglo-normandos en los del norte. Entre
tanto se comprasen los sementales exóticos se utilizarían españoles de las
principales ganaderías. En el año 1850 se
compraron los primeros caballos y yeguas árabes para la Real yeguada de
Aranjuez, y en 1851 comenzó a servir el primer semental árabe, en Jerez de la
Frontera, en 1852 en Córdoba y Sevilla, en 1853 en Écija, en 1855 en Málaga,
en 1856 en Cáceres y Jaén, en 1858 en Granada y en 1861 en Llerena.
Por datos obtenidos de
la Memoria al Excmo. Sr. Ministro de
Fomento sabemos que en 1861 el
número total de sementales de raza árabe que servían en los depósitos del
Estado era de 22, de los que 13 lo hicieron en el sector del sur, elevándose
a 84 los sementales españoles destinados a este mismo sector. En Valencia y
en Murcia no se habían establecido hasta esa fecha ningún depósito y de
Toledo y de Madrid no tenemos referencias. De estos datos se desprende que,
catorce años después de la publicación del Real decreto, sólo estaban en
servicio once caballos árabes en toda Andalucía y dos en Extremadura. Además
de ser pocos, no tenían mucho predicamento, como se desprende del comentario
del funcionario que reportó la información de Cádiz: “No han probado bien los cruzamientos con caballos árabes y se
prefiere el uso de sementales españoles de buenas formas escogidos en las
ganaderías de mayor crédito”, o el comentario de José de Hidalgo sobre
uno que sirvió en Sevilla: “desde 1853
al 60 cubrió en Sevilla 25 yeguas todos los años, no siendo el resultado
obtenido, en razón de las esperanzas que la buena forma del animal prometía”
(Hidalgo Tablada, José de. 1865. Curso
de economía rural) En 1861, el 15% de los
sementales de los depósitos del Estado establecidos en la región sur eran de
raza árabe y el 85% restante era de raza española. El número de caballos de
raza árabe era bajo, pero resultaba aún más si se pone en relación con el
número total de yeguas; en Cádiz había dos sementales árabes para una
población de 11.000 yeguas, en Sevilla cinco para 17.600 y en Córdoba dos
para 11.300. En 1875, en el depósito
del Estado de Córdoba existían 40 sementales españoles y sólo uno árabe: “Para el fomento y reproducción de la cría caballar hay
establecido un depósito de sementales, bajo la inspección del Ministerio de
la Guerra. Este depósito consta de 41 caballos, que han estado este año
distribuidos en las paradas provisionales siguientes: Córdoba 17 caballos:
Palma del Rio 4: Baena 4; La Rambla 4: Bujalance 3: Castro del Rio 3:
Montilla 3 y Pozoblanco 3. Acerca del número de yeguas que cubren estos
sementales durante el año y de los resultados obtenidos, nada podemos decir
.por falta de antecedentes: solo si sabemos que los sementales son de buenas
condiciones, pertenecientes, todos ellos, a renombradas ganaderías de esta
provincia y de la Andalucía baja, excepto uno que hay árabe.” (Puente y Rocha, Juan de Dios de
la. 1875. Memoria ganadería Córdoba) La influencia de la
raza árabe en el caballo español aún era muy escasa pero ya había comenzado y
crecería con el paso del tiempo. A finales de siglo la composición de los
depósitos era mucho más heterogénea: “Los
depósitos de caballos sementales están instalados en Jerez de la Frontera
(Cádiz), en La Rambla (Córdoba), en Baeza (Jaén) y en Valladolid. El número
de sementales es de 93 en el depósito de Jerez y de 89 en los demás, de pura
raza española, árabe, inglesa y medias sangres de todas clases” (Molina
Serrano, Eusebio. 1899. Cría caballar y
remonta)
Isabel II
montando un hispano-árabe Debate sobre la conservación del caballo español. El caballo español
estaba en tela de juicio; de día en día aumentaban sus detractores y surgían
“expertos” que sobrevalorando sus conocimientos en hipología, proponían
sistemas de cruce con toda la panoplia de razas artificiales europeas.
Afortunadamente tampoco faltaron defensores de su integridad pero propusieron
que, si tan necesarios eran para la Nación los múltiples tipos (tiro pesado,
tiro ligero, caza y carrera, o artillería, artillería de campaña, caballería
de línea y caballería ligera, para el ejército) se realizaran los
correspondientes experimentos con las otras castas españolas, pero
manteniendo pura la casta fina española.
Al final, la tesis
oficial triunfante fue la de usar caballos ingleses y alemanes con las
poblaciones del norte, para producir animales de tiro, y utilizar la raza
árabe para mejorar la del sur. Evidentemente este planteamiento era fruto de
un pragmatismo mal entendido, generado por una compleja serie de factores
coyunturales, que ignoraba el valor genético de los caballos ibéricos. Hoy en día este
proyecto nos resultaría tan abominable como si nos planteasen que, para
rescatar al lince ibérico, la mejor solución fuese cruzarlo con el lince
canadiense. Pero en aquellos momentos, las teorías en boga eran muy distintas
a las actuales; el naturalista francés Georges Louis Leclerc, conde de Buffon
(1707-1788) opinaba así: “Se sabe por experiencia que las razas cruzadas de los
caballos son las mejores y más hermosas, y que en consecuencia haríamos bien
de no limitar las hembras a un macho de su país, que ya él mismo se parece
mucho a su madre, y que por consiguiente en lugar de relevar a la especie, no
puede menos de continuar en degenerarla”. Pedro Pablo de Pomar
era un convencido seguidor de las teorías del conde francés y, en Causas de la escasez y deterioro de los
caballos de España (1793), ya se lo planteaba abiertamente al Rey Carlos
IV: “Para rehacer, pues,
Señor, nuestras castas de caballos, es menester traer padres extranjeros, y
no hay otro arbitrio” E imaginaba que lo más
difícil sería aplacar las reticencias de los españoles que, en aquella época,
aún tenían una gran estima por su caballo de casta fina: “Yo presumo, Señor, que no ha de faltar alguien que sea de
contrario dictamen al mío en esto de traer caballos extranjeros, diciendo que
embastecerían nuestra casta, pues ha llegado a mis oídos la preocupación de
algunos, que dicen con poco conocimiento de la materia y menos física, y
fundados solamente en que lo fueron: “que nuestros caballos son mejores que
los extranjeros, y que ellos mismos los buscan para casta en sus países”; sin
saber distinguir, que no los buscan para hacerla, pues ya la tienen hecha,
sino para afinarla o corregir algún defecto de conformación exterior o
interior que advierten en ella” En aquella época aún no
había trascendido la fama de los caballos ingleses y era Francia la que mayor
ascendiente tenía en la opinión de los ilustrados españoles. Lo que Pomar
ambicionaba de las razas europeas era su tamaño, robustez y fuerza, por lo
que preconizó la importación de caballos pesados: “Paréceme que tengo harto probado con razones y
autoridades, que el modo de restablecer nuestras castas decaídas en vigor y fuerza
es el de mezclarlas con caballos extranjeros, más bien bastos que finos, pero
que sean buenos en su especie y hermosos, porque habiendo llegado a faltarles
a los nuestros la fuerza y el aliento, de modo, que si trabajan media hora en
un picadero, o si corren una legua los vemos abatidos, y apenas pueden hacer
otro tanto al día siguiente” Además de ser de los
primeros en proponer como solución los cruzamientos también lo fue en el uso
del argumento de la falta de resistencia del caballo español como razón (o
excusa) para forzar su regeneración. Más adelante analizaremos esta cuestión. En cualquier caso, a la
vista del siguiente comentario, parece que la presencia de caballos cruzados
en España era todavía algo inusual: “En Baeza he visto tres potros buenos del duque de Alba,
hijos de un caballo normando, y el propio duque tiene actualmente en sus
caballerizas de Madrid un caballo castaño dorado, llamado el Inglés, ligero e
incansable en el galope, y de mucho paso castellano, hermosísimo en todas sus
proporciones, menos en la cabeza que es algo chata, pero de buenas quijadas,
hijo de una yegua inglesa, que comprada casualmente en esta corte fue
remitida a su yeguada del Carpio, y se le echó caballo español. Y en la Isla
del León otros tres buenos, hijos de tres yeguas andaluzas propias del cónsul
de Alemania en Cádiz, que las mandó administrar con un caballo alemán”. A mediados del siglo
XIX, en vista de los éxitos obtenidos por Inglaterra en la creación de su
raza de silla, arraigó la idea de usar el caballo árabe en la regeneración
del español: “Pero establecida de hecho la
carencia absoluta de caballos en todas partes de España, y faltos sin
recursos de buenos padres para reproducir nuestras especies, veamos ahora
cuáles sean las que convengan para las diferentes provincias. Ya hemos dicho
que los caballos de los países calientes son los mejores; que el remedio en
las castas debe venir del Mediodía al Norte, y del Oriente al Ocaso, y
también hemos presentado así las excelentes cualidades de los caballos árabes,
como su grande afinidad y analogía con los nuestros. Parece, pues, hallarse
bien indicada y señalada por la naturaleza la unión de los caballos árabes
con nuestra primera especie, que son los de la Andalucía, y que no hay que
perder un momento para verificar tan importante cruza”. (Francisco Laiglesia y Darrac. 1851. Memoria sobre la cría caballar de España)
El experimento inglés
alcanzó trascendencia internacional; toda Europa intentaba emularlos y,
durante algunas décadas, el caballo árabe fue la panacea de los hipólogos: “El caballo árabe es, ya lo hemos dicho, la pura sangre de
la especie caballar, es el tipo, el manantial al cual hay que recurrir cuando
nuestras castas de caballos han perdido o no tienen las cualidades que
deseamos. A este caballo y con este objeto han acudido el África, la Francia,
la Inglaterra, la Alemania, la Rusia, etc., las cuales son deudoras al
caballo árabe de la descendencia de sus buenos caballos; pues siempre que han
tenido necesidad de volver a introducir en sus castas la energía, el vigor,
la resistencia, velocidad, duración de vida, etc., recurrieron a él y vieron
realizadas sus esperanzas”. (Soto, Julián. 1862. Cría
caballar) Aún así, en España,
bien fuese por nuestro secular atraso o bien porque había muchos buenos
ganaderos y entendidos que sabían apreciar las excelentes cualidades de la
raza autóctona y no estaban dispuestos a que se perdieran en experimentos
llevados a cabo por cuatro visionarios u oportunistas, hubo mucha oposición
al mestizaje: “No negaremos que los cruzamientos tienen muchos
adversarios en nuestro país, que han combatido a sangre y fuego este método
de reproducción. Los impugnadores del cruzamiento creen a pie juntillas,
creen de buena fe en sus malos resultados, aduciendo como argumento sólido y
valedero la práctica, los hechos, los malos resultados obtenidos en España.
¿Pero qué fuerza, qué solidez tienen esos hechos inconscientes de nuestro
país? ¿Qué apoyo puede existir en esa práctica empírica, irracional y
antizootécnica de nuestra nación? ¿Podían ser buenos los resultados obtenidos
con procedimientos tan detestables? La Real yeguada de Aranjuez, en su época
floreciente de buenos directores técnicos, y algunas ganaderías particulares,
donde también ha habido hechos, han existido prácticas y se han obtenido
buenos resultados, tiran por su base todas las razones, o mejor argucias, de
esos encarnizados enemigos de los cruzamientos. Y fuera de nuestro país, ¿no
hay prácticas racionales, no hay hechos evidentes, no hay resultados
positivos? ¿No ha progresado, no ha mejorado la ganadería en todos,
absolutamente en todos los países donde los cruzamientos han estado dirigido
con inteligencia por un personal científico, técnico, competente?” (Molina Serrano, Eusebio. 1899. Cría caballar y remonta) Esta pugna sobre la
conveniencia o no de cruzar nuestros caballos andaluces y extremeños no sólo
se libraba en la escena pública sino también en el fuero interno de algunos
individuos, como era el caso de Francisco Laiglesia quien, pocas líneas antes
hemos visto apremiando el cruce de nuestra casta con la árabe: “El caballo andaluz está dotado de singular mansedumbre,
abunda en gracia, tiene un compás natural, y goza de tan grande facilidad
para derribarse sobre sus ancas, que deleita al jinete con la dulzura de sus
movimientos. Es tan amante del hombre, tan cariñoso, que despierta en su
dueño un sentimiento de amistad para con él. Provisto de gran memoria, de
sutil comprensión, y naturalmente unido por la buena distribución de sus
fuerzas, se presta a las más difíciles operaciones de la escuela, con genio,
con franqueza y con grande espíritu. ¿No merecen tantas y tan recomendables
prendas, que no alcanza jamás otro caballo alguno, y que constituyen a la
raza andaluza en la primera, en la más perfecta, en la que debe brillar la
majestad de los Reyes, la opulencia y el buen gusto, presentando un modelo de
la bondad y de la belleza; no merecen que se perpetúen de algún modo en su
propia familia? ¿No son dignas tantas cualidades de que se conserven puras,
como un bálsamo precioso, con que socorrer, y espiritualizar, digámoslo así,
a todas las demás razas que se pueden criar en la privilegiada España?” (Laiglesia y Darrac, Francisco.
1851. Memoria sobre la cría caballar de
España) Claro que él partía de
la premisa, negada por muchos, de que ya no existían en España sementales de
calidad suficiente que garantizasen el mantenimiento de la raza pura: “He indicado que la Andalucía debería producir, a lo menos
en muchas partes de ella, caballos verdaderamente puros y sin mezcla,
alejando de la propagación los que no fueran perfectos; y derivándolo de su
analogía con los árabes, que con este sistema han perpetuado durante el
transcurso de los siglos su especie como la mejor del mundo. He apoyado esta
doctrina con los primeros y más célebres naturalistas; pero en fuerza del
aniquilamiento total de las razas y de la carencia absoluta de caballos
padres en estos momentos, he señalado los árabes como los primeros, y los
berberiscos como segundos, a que se debiera precisamente recurrir en las
apuradas circunstancias que nos vemos, para cruzar y resucitar nuestros
excelentes caballos andaluces, por ser aquellos los únicos que le disputan la
primacía”.
(Laiglesia y Darrac, Francisco. 1851. Memoria
sobre la cría caballar de España) Y el sentido común le
llevó a plantearse la cuestión fundamental: “Los árabes, cuyos caballos son conocidos como la primera
especie entre los naturalistas, jamás han cruzado sus razas con ninguna otra.
¿Ni cómo lo habían de ejecutar, si de semejante operación no les podía
resultar otro bien que el de adulterar sus castas, y perder la primacía que
les dio la naturaleza?” (Laiglesia y Darrac, Francisco. 1851. Memoria sobre la cría caballar de España)
Caballo
español. Resolviendo ese debate
interno mediante una solución de compromiso que, sacrificando las castas del
norte de España (ya bastante degeneradas), permitiera mantener el caballo
español como la suma y mezcla de todas las castas finas del sur: “Por estas razones, en tiempos prósperos y en adversos
desecharíamos siempre toda cruza ó cruzamiento con caballos del Norte por lo
que concierne a las Andalucías, al paso que la juzgamos necesaria e
indispensable en este momento para estas mismas provincias con aquella clase
de caballos que realmente les convengan. También recomendaremos muy
particularmente la cruza de los individuos de una familia con los de otra, y
los de una provincia con otra provincia, combinando de este modo los
criadores de un mismo suelo, no solo las cualidades respectivas de sus
caballos entre sí, sino trasladando los caballos del reino de Sevilla al de
Jaén, y estos al de Sevilla; los de Córdoba a Extremadura, Murcia y Granada;
y en fin, los de la Andalucía baja a la alta, y los de la alta a la baja; y
los demás respectivamente por el mismo orden”. (Laiglesia y Darrac, Francisco.
1851. Memoria sobre la cría caballar de
España) Lo que, al menos, se
empezaba a descartar era la opción planteada por Pomar, de emplear caballos
pesados para aumentar la alzada de los andaluces: “…lejos de esto, la voz general de los inteligentes es que
se dé vida y preferencia a la conformación del ganado, teniéndose por una
calamidad el sacar caballos grandes con cruzas extranjeras, perjudicando la
calidad, hermosura y firmeza de los caballos españoles”. (Carpio Navarro, D. M. del. 1859. De la cría caballar) “Hubo un escaso número de criadores que aumentaron bastante
las alzadas de sus potros en un tiempo en que se pagaban mejor: estas
ganaderías son bastante conocidas de los inteligentes y omitiremos sus
nombres; pero para que se tenga en algo la localidad, diremos que dos eran de
la provincia de Cádiz, una de Sevilla y otra de la de Córdoba. Sus caballos
estaban a los tres años completamente desarrollados y aun vistosos: algunos
obtuvieron premios en exposiciones y al cumplir cuatro y cinco años perdían
considerablemente en conformación, y vinieron a convertirse en grandes
elementos linfáticos, apareciendo bien, pronto en sus extremidades las
señales de su temperamento. Avisados con esto los dueños de estas ganaderías
y siéndoles sensible lo que pudieran resentirse el crédito de sus castas y
sus intereses, se apresuraron unos a variar los caballos sementales y otros
los terrenos en que pastaban sus yeguadas para enmendar, con menor alzada,
aquellos defectos. Citamos estos ejemplos como una lección muy elocuente para
los partidarios de los caballos grandes, y para patentizar la repugnancia que
habría que vencer para el aumento de alzadas, y el perjuicio que ocasionaría
a nuestras buenas razas”. (Carpio Navarro, D. M. del. 1859. De
la cría caballar) Julián Soto aún se
planteaba, en 1862, la conveniencia de llevar a cabo un sistema de mejora de
la raza basado en la selección y optimización del manejo. Hubiera sido la
opción más sensata pero la convulsa situación política del país no favorecía
la aplicación de métodos largos, concienzudos y consensuados: “Hemos dicho antes que contamos con muchos elementos de
mejora para la regeneración de nuestra cría caballar, y en efecto esto es
así: porque no todas las yeguas que hay en nuestras provincias son aptas para
con ellas emprender la mejora; pero estas mismas yeguas, si con ellas se
tuviera algunos cuidados y se las aplicase caballos siquiera regulares, nos
darían mejores potros que nos dan ahora, y siguiendo sus cruzamientos con
esmero y cuidado, eligiendo siempre los mejores bajo todos conceptos,
lograríamos hacer que en España no hubiese tanto ganado caballar, como hay,
corto de talla. Al logro de estos fines, tiene necesariamente que contribuir
el sistema de alimentación que con los animales se tenga. Este sistema de cría, bien conocemos que es largo, pero es
sencillo y cierto, y no está sujeto a degeneraciones y a las contingencias a
que está expuesto el cruzamiento con razas exóticas, ni exige grandes
sacrificios ni anticipos onerosos por parte de los criadores”. (Soto, Julián. 1862. Cría caballar) De todas formas, los
grandes ausentes de estos debates siempre fueron los que más tendrían que
haber opinado: los propietarios de los caballos. Hasta ahora hemos visto cómo
los monarcas, los gobiernos, el ejército, los hipólogos o los zootécnicos
intentaban hacer prevalecer su opinión o sus intereses sobre el destino de la
cría caballar española, permaneciendo los ganaderos, no ya como convidados de
piedra, sino sin ser invitados al debate. Florencio Paniagua, además de un
firme defensor de nuestro caballo, fue un fino observador y, percatándose del
detalle, se dirigía a los ganaderos en estos términos: “Estudiad bien vuestros terrenos, el clima y los medios de
producción de que podáis disponer. Mejorad la raza del país y no procuréis
introducir y naturalizar razas nuevas, allí donde los pastos, las aguas y el
clima no tienen ninguna relación con su naturaleza. Imitad y ayudad sin tregua ni descanso a la naturaleza,
pero jamás procuréis violentarla”. (Paniagua, Florencio. 1881. El fomento de la cría caballar) Y sabía que tenía el
viento a favor porque los ganaderos andaluces siempre fueron reticentes a
bastardear sus yeguadas: “Esta filosofía de cruzar castas de distintos países y
naciones es demasiado moderna por allá, y por lo tanto la he hallado
incógnita” (Pomar,
Pedro Pablo de. 1793. Causas de la
escasez y deterioro de los caballos de España) “si alguna vez se ha cambiado, ha sido v. gr. En Córdoba
con caballos de Espejo, o en Écija con los de Jerez, etc., y cuando más con
los de la Loma de Úbeda” (Pomar, Pedro Pablo de. 1793. Causas
de la escasez y deterioro de los caballos de España) “no haya un mayoral,
yegüero, etc., que no sea contrario y declarado enemigo de todo lo que no sea
ganado puro español; proceder que influye mucho hasta en los dueños de las
yeguadas”. (Cubillo
y Zarzuelo, Pedro. 1879. La verdad en
la cría caballar) Esta circunstancia,
junto al sistema pastoril, fue la que más contribuyó a la preservación del
caballo español. Principio del documento
Sobre la resistencia del caballo español. |
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